Blog de relatos

Bienvenidos a la página web del escritor David Generoso. Aquí encontrarás técnicas para escribir relatos cortos, cuentos, microcuentos y mucho humor.
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De saliva malgastada. Y de emociones. Relato corto: Emocionarse Aparcar en la puerta del local de moda del centro de la ciudad. Enchufar ella memoria USB a la primera. La tercera temporada de la serie de Nic Pizzolatto ha subido el listón con respecto a la segunda.

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Un paso de cebra puede dar lugar a muchas historias, y no todas agradables. Veamos qué nos depara la siguiente en realidad, yo ya lo sé, muahahaha. El paso de cebra La sopa fría, el pan duro y la cerveza caliente. Es su forma de castigarse. La inteligencia artificial lo abarca casi todo. Como había dicho, ese año el COU comenzó a ser mixto —el concepto de coeducación vino después, con la democracia—, aunque con una característica muy especial, solo había una chica entre un montón de chicos. Casi al final de curso y como ya se nos consideraba mayores, nos permitieron hacer uso de la biblioteca del colegio para estudiar y aprovechar horas en las que no teníamos clase y allí coincidí con Margarita.

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Francamente no recuerdo su físico, aunque la supongo bella. Se acercó a la mesa corrida donde yo tenía desplegado mi material y, tras saludar en voz baja, sacó libros y cuadernos y se puso a trabajar.

Al rato la oí rezongar frustrada, como si no consiguiera sacar adelante alguna tarea, pero no le presté mayor atención. No os voy a negar que me hinchaba como un pavo al observar los rictus de envidia de mis amigos cada vez que me cruzaba con ella en el vestíbulo o en las escaleras y me saludaba sonriente, pero la cosa nunca pasó de ahí. Margarita fue como una luz entre grises que se desvaneció, pero que ha permanecido en mi memoria junto a la de otras mujeres que marcaron mi vida.


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Supongo que se marcharía fuera de la isla a terminar sus estudios, porque en la isla no era posible. El COU del año siguiente contó con mayor presencia femenina, pero no tuve trato con ellas. El documental de anoche sobre los setenta y la constitución hizo que me acordara de ella y que me diera por pensar. A veces tengo la sensación de que el circulo se cierra y las pesadillas retornan.

Que el amor nos trastorna, es cosa sabida. Mutamos incluso físicamente, intentando mejorar figura e imagen para agradar al destinatario de nuestro amor. Para ello comenzamos dietas imposibles o sufrimos en gimnasios y parques como modernos sísifos urbanos. Otras mutaciones cercenan nuestras inhibiciones, concibiendo verdaderos monstruos ridículos, que deambulan por la vida disfrazados como si habitaran en un carnaval perpetuo.


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Se enamoró sin mesura y ese amor catalizó una alteración que lo desnortó. Podía haberse enamorado de cualquier mujer.

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Esa pasión liberó a la bestia, que tras devorar todas las inhibiciones que lo aprisionaban, lo transportó a un universo propio donde era feliz. Sin límites ni barreras se abandonó al placer absoluto, a un disfrute pagano y carnal, a la felicidad extrema exorcizada por religiones y convencionalismos sociales.

Como en toda historia de amor desmedido,aparecieron los celos y comenzaron a pudrir la relación. Sospechas, dudas y desvaríos crecieron exponencialmente hasta invadir su raciocinio. La escueta y triste nota que apareció en la prensa local ni siquiera se aproximaba a la realidad. Hablaba del fallecimiento, sin motivos aparentes, de un joven al que la vida le sonreía y que parecía feliz.

Mientras caminaba, la noche se iba adueñando de la ciudad. Las calles se vaciaban de gente y los edificios se iluminaban con una opulencia indecente, contrastando con la oscuridad que ocultaba a los miserables hacinados en los escasos lugares donde la temperatura exterior podía combatirse. Seguía manteniendo aquella rutina que inició cuando él desapareció. Cada quince de noviembre se aproximaba al pequeño parque donde se besaron por primera vez.

Esa cita nocturna se repitió durante tres años sin que nada la turbara, pero hoy era diferente. Una lona oscura protegía las luces y a las personas de uniforme que rodeaban una fosa recién excavada. Basado en una noticia reciente. Ahí estaban de nuevo esos malditos espectros intentando amedrentar al personal y acaparando las portadas de los medios.

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Todas las mañanas tenía la costumbre de darle una vuelta a sus redes sociales antes de desayunar, como contrapeso a las noticias que luego podría encontrar en la prensa diaria. Un mensaje en Twitter despertó a la vez su curiosidad y su indignación: Aunque sabía en qué día y año estaba, tuvo la tentación de comprobar si el calendario había retrocedido hasta el año 81 del siglo pasado y si los militares seguían siendo aquel grupo de presión capaz de doblegar las decisiones políticas tomadas por los verdaderos representantes del pueblo.

Curiosamente algunos firmantes se repetían en manifiestos separados casi cuarenta años.

xclimbing.ru/cut_editor1/online/angelskaya-numerologiya-chisla-3.html Con el estómago revuelto, recordó episodios concretos de su época en activo durante la Transición. Creía que estas bufonadas ya habían pasado a la historia, incluso tenían ministras de defensa, tanto de derechas como de izquierdas y un exjefe del Estado Mayor de la Defensa que militaba con total naturalidad en uno de los nuevos partidos progresistas, a pesar de los insultos y amenazas de algunos de sus compañeros de armas, que llegaron incluso a proponerle que se suicidara por vergüenza.

Haciendo memoria no recordó manifiestos similares de trasnochados fantasmas uniformados exigiendo parar la violencia machista, pidiendo salarios justos, que disminuyera la desigualdad social o contra los desahucios y los fondos buitre.

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Eso no les atañía. Si en España hubiéramos hecho lo que en Alemania o Italia con los restos de los dictadores mejor nos hubiera ido, pensó mientras se alegraba con un poco de orujo el café para intentar enderezar la mañana. Al fin y al cabo, las personas reales con las que trataba cada día eran lo importante, pero no dejaba de ser una triste paradoja que aquellos que hicieron bandera de la censura y del control de la información, ahora se ampararan en una de las bases de la democracia, como la libertad de prensa, para tratar de socavarla.

No olvidaba que en su armario colgaba un uniforme con unas insignias similares a las de esos patéticos personajes. Ya en la calle un pensamiento bastante malvado aterrizó en su mente y le hizo aflorar una sonrisa lobuna. Al fin y al cabo, defienden lo mismo y pertenecen a circos similares. Uno colabora con Caritas, el otro con Cruz Roja, pero eso no es una noticia de portada. Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 5 de agosto de María había sido muy amable cuando le propuso que se quedara en casa de sus tíos durante el congreso de escritores.

La tía Rosa le dio un juego de llaves y, apenas sin conocer la casa, se marchó al congreso. La cena se prolongó y tras ella el fin de fiesta, por lo que regresó muy tarde y especialmente tocado. Entró, cerró con cuidado y buscó el interruptor que debería estar al lado del marco. Como no lo encontró, fue bajando el brazo y la gravedad, sumada a los excesos, hicieron que trastabillara y cayera al suelo, donde se sumió en un profundo sopor. Al despertar, todavía con la mayoría de los sentidos mermados por la resaca, consiguió abrir la puerta y salir.

El exterior estaba muy oscuro, por lo que cerró y avanzó con cuidado con la intención de encontrar un interruptor. Sus ojos se fueron acostumbrando a la escasa iluminación y percibió una sala enorme, atestada de personas grises y demacradas vestidas con extraños pijamas a rayas. Todos ellos, hombres y mujeres, mayores y niños, estaban comprimidos hasta la extenuación. Ni siquiera podían levantar los brazos para abrazar a sus seres queridos. Intentó regresar por donde había venido, pero ya no halló la puerta y la masa humana lo engulló haciendo caso omiso de sus alaridos.

Allí quedaron, apuntalados unos contra otros, sin que ninguno de los cuerpos se deslizara hasta el suelo. La pared frente a él estaba surcada de hendiduras verticales a la altura de la cintura. El día había llegado por fin. Cogió su maleta y bajó a esperar al taxi que le llevaría a la estación.